El lado negativo de la final lo puso el de siempre. En el mundo del deporte creo que hay poca gente que cause más animadversión y es más oportunista que el presidente del FC Barcelona, el señor Joan Laporta. Estaba el viernes en Paris viendo las semis, el sábado supongo que estaría en Sevilla apoyando a la sección de fútbol en su lucha por el título y el domingo por la mañana se dejó ver en Montmeló en el Gran Premio de Fórmula Uno.
Claro está, por la noche se desplazó de nuevo a Paris, esta vez acompañado por Piqué (sin Ibra), Xavi, Puyol, Busquets y Bojan. Hasta aquí, se podría decir que todo es normal, nada más lejos de una apretada agenda del presidente de uno de los clubes más importantes del mundo; el problema está en la manera de actuar. Llegar con el partido empezado, puede pasar; pero hacerlo haciendo aspavientos a la grada y poniéndose de pie en la silla es algo, llamémoslo, poco elegante. Primero porque representas a un club y, por supuesto, porque puede parecer un menosprecio a un rival que aún se está jugando el título contra tu equipo. Si eso lo hubiese hecho alguien del equipo griego, hubiésemos puesto el grito en el cielo, pero ayer Laporta se disfrazó de griego y no estuvo a la altura de lo que es su equipo: el mejor de Europa.En fin, por suerte nos queda poco tiempo de mandato de este personaje y el Barça tendrá un mandatario que, con poco que haga, le representará mucho mejor y originará menos odio entre propios y extraños. Y todo esto sin hablar de cuando este señor se mete en temas políticos sin darse cuenta de que su club representa a gente de todo el mundo. Y, por último, tengo una duda: ¿a cuántos partidos del Palau habrá ido Joan esta temporada a parte del, mal llamado, clásico contra el Real Madrid? Lo dicho, de oportunistas está el mundo lleno.

